Es un mito eso de que los colibríes no se posan.

Los he visto libar incansablemente desde las tímidas luces del amanecer hasta que el sol se convierte en una esfera “al rojo vivo” y se achata poco a poco hasta desaparecer.

Esas avecillas me despiertan tempranito con su canto agudo, cortito, vibrante y chillón mostrando su disposición y reclamando acción. ¿Cómo voy a quedarme acostada sintiendo un ser tan pequeñito con esa actitud? Me avergonzaría ante tal ejemplo de esfuerzo y dedicación. Entonces, salto de la cama y empiezo a funcionar.
Así nos han enseñado: a trabajar hasta el agotamiento como señal de pundonor.

Pero, a ellos también los he visto parar. Descansan, recuperan energías y continúan su labor, incluso en varios momentos de la jornada. ¿Por qué no lo hacemos también? La naturaleza es sabia y los años no perdonan.
Cuántas respuestas descubrimos si la observamos entregada y concienzudamente. Flores, frutos, hojas, ramas, animales, cielo, tierra, lluvia, viento, pequeños detalles, variaciones sutiles.

Cualquier cambio podría indicar vida, renacimiento, decadencia, transformación, esperanza.
Si disfrutamos esa perfección y la dicha de tenerla como maestra excelente e incondicional nuestra tarea sería sencilla: ver, respetar, imitar, agradecer y aprender que hasta los colibríes descansan.

Para tía Margot
